jueves, 21 de abril de 2016

La ayuda chilena, a los británicos, para hundir al crucero A.R.A Gral.Belgrano


El gobierno chileno ofreció datos para hundir al Belgrano

Lo admitió un ex miembro del Consejo de Guerra del gobierno de Thatcher.

La información de inteligencia provista por los servicios de la dictadura chilena a Londres durante la guerra de Malvinas fue crucial en la decisión del gobierno británico de hundir el crucero general Belgrano, según reveló un colaborador de la ex premier Margaret Thatcher. La tragedia del Belgrano, el 2 de mayo de 1982, causó 323 muertos, más de la mitad de los 649 caídos. La revelación, según reportó ayer el diario The Independent la hizo Lord Parkinson, un estrecho colaborador de Thatcher y miembro de su Consejo de Guerra, quien dio detalles de aquellos días para el libro Real Britannia.

“Ellos (los chilenos) interceptaron las instrucciones de los comandantes argentinos... Nosotros estuvimos discutiendo qué haríamos si lo encontrábamos (al Belgrano) porque sabíamos que el Belgrano estaba por hundir un portaaviones. El hecho de que fuera en un sentido o en otro era porque estaba haciendo maniobras para evitar un torpedo”. De acuerdo a Parkinson los servicios de Augusto Pinochet colaboraron con los de “Lady Thatcher” con las escuchas que les hicieron al capitán del buque, Héctor Bonzo, mientras recibía órdenes de la Junta.

Es sabido también que la colaboración chilena con los británicos durante la guerra fue amplia, y muy reconocida por Londres .

Parkinson no da detalles sobre la controversia de si el buque estaba fuera de la zona de exclusión que los británicos impusieron en las islas, lo que para muchos hace pensar que el hundimiento fue un crimen de guerra. Pero a The Independent fuentes de defensa dijeron que la información suministrada por los chilenos también mostró que el almirante Jorge Anaya, jefe de la Armada entonces, estuvo dando órdenes al Belgrano y al destructor Hipólito Bouchard, de continuar comprometidos en el combate mientras tomaban medidas para evitar quedar bajo ataque. “No tengo dudas: hundir al Belgrano fue absolutamente correcto, por una cuestión de supervivencia en el caso que ese buque atacara nuestros portaaviones, y porque demostraba la intención de los argentinos”, dijo el ex Tim McClement, vicealmirante del sumbarino que lo hundió.

El periodista inglés que pudo haber pasado coordenadas para hundir al Belgrano

Michael Vesty pasó la guerra de las Malvinas en Chile. Un día, un militar chileno le dio un misterioso mensaje que pudo ser clave para hundir el crucero argentino. Esta es su historia.

Puramente por accidente, me vi involucrado en un ejemplo de la cooperación del general Pinochet con Gran Bretaña durante la guerra de las Malvinas, en 1982. Como reportero de la BBC, estaba sentado en mi cuarto del hotel Cabo de Hornos en Punta Arenas, al sur de Chile, cuando sonó el teléfono. Era un contacto militar que había hecho al llegar, que quería que fuera urgentemente a su oficina. No quería explicarme por qué por teléfono. Los militares controlaban entonces cada región de Chile y para los que intentábamos cubrir la guerra desde el lugar no-argentino más cercano era muy útil tener un contacto uniformado. Como mínimo, necesitábamos autorización militar para volver a cualquier punto cercano a la frontera argentina, que queda apenas cruzando el canal de Magallanes, en Tierra del Fuego.

Última foto del crucero ARA General Belgrano en el puerto de Ushuaia, Tierra del Fuego
Mi contacto era un hombre bien educado y encantador que hablaba perfecto inglés. Conocía bien las fuerzas armadas británicas y, como tantos chilenos, era un gran anglófilo. El cónsul local tenía apellido inglés y un joven granjero del que me hice amigo era medio escocés. Todos tenían algo en común: no les gustaban los argentinos. En esa época, Chile estaba casi en guerra con su vecino por las islas del canal de Beagle. El gobierno chileno estaba más que feliz de ayudar a Inglaterra, permitiendo que sus aeronaves operaran desde su territorio y usaran sus bases.

Cuando llegué a la oficina de mi contacto, que no puedo nombrar, me dio una hoja de papel con renglones, arrancada de un cuaderno, que todavía conservo. Arriba de todo estaba escrito “A1”. Y más abajo:

1 unidad pesada, 2 unidades livianas, 13-1400 hora Zulu. Lat 54 00S, Long 65 40W. Curso evasivo 355o, 18 nudos.

“¿Puede pasarle esto a su gente?”, me preguntó mientras leía. “¿A la BBC?”, respondí. Sonrió. “No, a su gobierno.” Me di cuenta de que, como miembro del régimen militar, él estaba asumiendo que yo trabajaba para el gobierno británico, que cada empleado de la BBC tenía que ser un espía. Le expliqué que no era así, que nunca había trabajado para el gobierno, pero él insistió en que pasara la información.

“¿Qué significa?” pregunté. “No puedo decirlo, pero su gobierno lo entenderá. Es importante”, me contestó. Le dije que lo haría y mientras caminaba de vuelta a mi hotel me preguntaba qué querría decir la nota y a quién podía pasarla. Obviamente describía una maniobra naval y una posición pero, ¿de qué?. Yo había pasado recientemente de Sudáfrica a Centroamérica vía Nicaragua, Panamá y Brasil, y estaba cubriendo la guerra y las elecciones en El Salvador cuando estalló la crisis de las Malvinas. Había llegado directo de Salvador y no había tenido tiempo de familiarizarme con las capacidades militares argentinas.


También vivía un dilema. ¿Estaba comprometiendo mi independencia como periodista al ayudar? Después de todo, se supone que los periodistas no tenemos que trabajar para ningún gobierno, incluyendo el nuestro. Después decidí que no estaba trabajando para ningún gobierno, sino meramente actuando como intermediario. Y como las fuerzas armadas británicas eran una de las pocas instituciones que admiraba sin reservas, me pareció absurdo negarme a ayudar a nuestras fuerzas cuando enfrentaban a un régimen malvado como el del general Galtieri. Aunque como periodista tenía que mantenerme imparcial, como ciudadano yo sabía de qué lado estaba en esta guerra: Gran Bretaña.

Por lo tanto, llamé desde el hotel al agregado militar de la embajada británica en Santiago, y le dije que tenía una información A1 proveniente de los militares locales. “¿No puede mandarme un télex?”, me contestó. Le expliqué que el hotel no tenía uno y que mandarlo significaría ira al correo local. “Es que no somos los únicos escuchando esta conversación”, me dijo, sonando a espía. Sin embargo, finalmente accedió a que le dicte el papel y, al terminar, me colgó abruptamente. Me olvidé del tema hasta que llegaron las noticias de que habían hundido al “Belgrano”, que había sido abandonado por sus dos destructores de escolta. Sonaba sospechosamente parecido a la unidad pesada y las dos livianas de la nota, pero había varios aspectos misteriosos. ¿Por qué mi contacto no había llamado o mandado un télex a Santiago él mismo? ¿Por qué pedirme que lo haga? También asumí que un satélite americano había seguido al “Belgrano”, aunque luego supe que en ese momento los británicos no tenían acceso a información de satélite.


Al parecer para devolverme el favor, mi contacto me dio una primicia. Una tarde me llamó para decirme que “uno de sus helicópteros cayó a veinte kilómetros al oeste de aquí. Es un Sea King. La tripulación pensó que estaban en la Argentina y se esfumó”. Le conté las novedades a mi equipo de televisión y fuimos a buscar la nave. Efectivamente había un Sea King en la costa del canal, exactamente a veinte kilómetros del hotel.[ver Operación Mikado] La cabina estaba quemada. Cuando llamé a la BBC en Londres para pasar mi nota en el programa PM de Radio Cuatro, me dijeron que el Ministerio de Defensa negaba que se hubiera perdido algún helicóptero. “Pero acabo de verlo”, dije. “¿Cómo sabe que es un Sea King?”, me contestaron. Pero pude pasar mi nota y el ministerio repentinamente decidió confirmarla.

Aliandos : Thatcher junto a Pinochet
La historia que me contó mi contacto, que el helicóptero había tenido una falla en el motor sobre lo que pensaban era territorio enemigo, fue un ejemplo temprano de desinformación. En realidad era un grupo de comandos del SAS regresando a lo que, creo yo, era su base en Chile, algo que ni los chilenos ni los británicos iban a admitir. Lejos de estar escondidos en los montes comiendo sus raciones de emergencia, la tripulación estaba sin dudas sentada confortablemente en una base chilena. Pensando que alguien en Punta Arenas iba a encontrar tarde o temprano el helicóptero, Londres y Santiago decidieron “administrar” la información. Aun así, todas las primicias ayudan y me gustó que mi contacto me eligiera para recibir la historia.

Me quedé en Punta Arenas unas seis semanas, sabiendo que era lo más cerca que llegaría de la guerra. Durante mi estadía nunca hablé de la nota pero una noche, cenando, él me habló de su satisfacción por el hundimiento del “Belgrano”. “Siempre andaba espiándonos”, dijo. Al parecer, el “Belgrano” solía deslizarse por la accidentada costa chilena, escondiéndose en los archipiélagos del sur, para espiar el tránsito militar. Mi contacto lamentaba la pérdida de vidas, pero culpaba a los barcos de apoyo por abandonar al crucero cuando recibió un torpedo del Conqueror. En Londres, un tiempo después, lo llevé a almorzar y le pregunté si la nota contenía la posición del “Belgrano”. Se encogió de hombros. “Puede ser –dijo–, no sé.”

Referencias : Clarin | Pagina12

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