sábado, 25 de mayo de 2013

El hundimiento del HMS Altantic Conveyor


El hundimiento del HMS Altantic Conveyor

En Río Grande, el veinticinco de mayo amaneció gris y con la niebla típica de esta época del año. El frío se sentía en la cara y en las manos. Sin embargo, había un frío diferente que calaba en lo más profundo de cada uno: el frío de saber que la muerte está rondando. El “pelado” García y sus huestes –los mecánicos y los de armamento– madrugaron muy temprano para reagrupar los aviones en la plataforma frente al hangar, prepararlos y dejarlos en condiciones de vuelo.

La combinación letal Super Entendard misil Exocet
Hacía ya varias noches que corrían rumores de ataques de comandos ingleses. Y no era para menos: esa pequeña base en la Isla Grande de Tierra del Fuego albergaba un puñado de aviones que provocaban nerviosismo y ansiedad en los británicos: los Super Etendard de la Armada Argentina. Sabían que los ingleses querían dejar fuera de combate a los “Super” en tierra porque representaban la mayor amenaza para su Fuerza de Tareas, así es que todas las noches se desparramaban por distintos lugares de la Base para tratar de ofrecer un blanco disperso en caso de que fueran atacados en tierra.

Los estoicos patriotas de armamento eran los encargados de sacar los misiles Exocet de los contenedores presurizados y colocarlos en los dos aviones preparados para volar ese día: el 2-A-203 y el 2-A-204. Luego, desplegaban sus maletitas negras y realizaban toda una secuencia de pruebas electrónicas para dejarlos en condiciones operativas.

Comienzo de la misión

cap. corbeta Curilovic y tte navio Barraza
Toro y Mate —los entonces capitán de corbeta Roberto Curilovic y teniente de navío Barraza—ya sabían para ese entonces que eran la pareja que debía salir ese día y, lógicamente, se vistieron para la ocasión: calzoncillos largos, camiseta “strindex”, medias gruesas y encima de todo eso, el ponderado traje anti-exposición o “goma”, como se le conocía en el vernáculo aeronaval. Se suponía que la goma permitiría prolongar la supervivencia en las heladas aguas del Atlántico Sur, escenario sobre el que volarían, una hora más. La realidad, seguramente, era mucho menos.
En la salita improvisada de Operaciones ya se respiraba adrenalina. Repasaron procedimientos de vuelo, de ataque, de emergencias y actualizaron información del enemigo. El vuelo se iba a realizar en total silencio electrónico y de comunicaciones.
Se encaminaron hacia los aviones y no escaseaban los saludos y deseos de suerte y de éxito en la misión que iban a ejecutar aquel 25 de mayo. Hacen la inspección visual externa alrededor de cada avión y se montan.

El mecánico les ayuda a amarrarse al asiento eyectable. Ponen en marcha, cierran las cabinas y comienzan a preparar los aviones para iniciar el carreteo, pero nadie da la seña. Expectativa e intriga. Veinte minutos de espera en plataforma y les ordenan apagar motores.

Cuarenta minutos después, volvieron al hangar, se subieron a los aviones, pusieron en marcha, y esta vez sí, los mecánicos les hicieron la seña de iniciar el rodaje. Se alzaron los brazos y se iluminaron los rostros de aquel puñado de hombres de la Segunda Escuadrilla Aeronaval de Caza y Ataque que ponían todo de sí para contribuir al éxito de una misión. Alivio, al menos, de saber que se daban los primeros pasos, pero ansiedad e incertidumbre por todo lo que quedaba por delante.

La Aviación Naval Argentina al ataque

Los pilotos argentinos ya listos para el despegue en cabecera. Hacen señas con las manos y potencia al máximo. Afuera el trueno de dos nobles turbinas. Adentro el galope de dos corazones valientes. Soltaron los frenos y pronto levantaron vuelo.
El portacontenedor, Atlantic Conveyor, se preparaba para desembarcar todo el arsenal que transportaba, sobre Malvinas. Su cargamento consistía en una rampa para aviones Harriers, helicópteros Wessex y Chinook.


El portacontenedor británico,zarpó de la isla Ascensión, el 6 de mayo de 1982 hacia Malvinas.
Para el día 25 de mayo, el carguero inglés se encontraba al noreste de Malvinas.
En esa ocasión, el Centro de Información y Control, sito en Puerto Argentino, capital de las Islas Malvinas, informó la presencia de actividad enemiga en el área. Para ello se designó al Capitán de Corbeta Roberto Curilovic y al Teniente de navío Julio Barraza, para que acudan al ataque de las naves enemigas.


Ambos pilotos despegaron de la Base Aeronaval Rio Grande, a las 14:30 horas. Tras demorarse el despegue, por falta de avión cisterna Hercules KC-130, que los reabasteciese, de combustible, en vuelo antes de la aproximación final hacia sus objetivos.

Una vez en vuelo, los Super Etendard, se dirigieron al punto de encuentro, con el KC-130.
Mar y cielo. Cielo y mar. Inmensa masa gris azulada, uniforme y apacible. No parece ser el escenario de una guerra. Lo que sigue salió como tenía que salir ya que lo habían practicado cientos de veces. Se encontraron con el KC-130 de la Fuerza Aérea Argentina y se reabastecieron, uno de cada lado.


Arribados al punto de encuentro con el avión cisterna, repostaron combustible y continuaron el vuelo sin inconvenientes, manteniendo los parámetros de navegación prefijados y en completo silencio de radio.

Descendieron suavemente hacia el este y comenzaron la fase de ataque. Perfil bajo para evitar ser detectados y acercarse sigilosamente a un punto que supuestamente se encontraría a unas 50 millas de un blanco. Blanco que había sido designado indirectamente por información del radar de Puerto Argentino: se detecta una concentración de actividad de despegue y aterrizaje de aviones y helicópteros a unas 100 millas al noreste.
El mar apenas encrespado con suaves olas y un pálido sol austral a sus espaldas. Repaso de la lista de chequeo. Preparación final para el lanzamiento del misil.


A muy baja altura, dos saetas descuentan distancia aceleradamente. Cuando llegan a las 50 millas previstas, con un doble pulsado del botón de radio, sincronizan un ascenso hasta unos 300 pies, lo suficiente como para permitir aumentar el horizonte radar y confirmar el blanco.

Exocet el azote naval

Al llegar a una distancia apropiada, Curilovic y Barraza efectuaron la primera emisión de radar, y encontraron que la flota enemiga aún permanecían en el mismo lugar. El hecho que sendos radares de a bordo de los Super Etendard, ¨captaran tan perfectamente a las naves enemiga¨ significaba que su eco radar era lo suficientemente grande, como para hacerlo, de lo que se deducía que los objetivos eran de tamaño considerable.

Dos barridos del radar y no podían creer lo que estaban viendo. Tantas veces habían deseado vivir ese momento que les parecía estar soñando. En pantalla aparecieron tres ecos: uno grande en el centro y dos chicos, uno arriba y otro abajo. Toro rompió el silencio diciendo: “al más grande”. Por un segundo pensaron que podía ser el Invencible… y que tal vez podían llegar a cambiar el curso la guerra.


A partir de entonces, el sistema de datos electrónico, transmitió toda la información obtenida, al sistema de navegación del misil, que actualizaba, en forma permanente las coordenadas de posición y velocidad del blanco elegido, a fin que el misil, impactase con precisión sobre su objetivo.

Los radares quedaron “enganchados” tras un gatillazo, y a partir de allí fue cuestión de seguir los procedimientos previstos, oprimir el botón de lanzamiento y esperar. Esperar y seguir esperando, y es que a pesar de que el corazón latía agitadamente, el tiempo pareció detenerse.


Cuando todo estaba listo para el disparo. Los dos aviones volaban apenas separados por unos 200 metros.
Ante una señal de Curilovic, oprimieron el botón de disparo. Los Exocet una vez desprendidos de las alas, cayó unos metros, inicialmente, y se aceleró rápidamente dejando una estela blanca, comenzaron su trayectoria hacia el  blanco. Tras el lanzamiento los aviones regresaron a Río Grande.

Los dos Exocet lanzados por Curilovic y Barraza, enfilaron velozmente hacia su víctima, el portacontenedor Atlantic Conveyor, comandado por el Capitán M.G. Layard. El impacto se produjo exactamente a las 16:35 horas y la nave se hundió horas después envuelta en llamas con todo su cargamento bélico.


Una pérdida que retasó los planes británicos

La pérdida del portacontenedores británico Atlantic Conveyor fue un golpe para la logística británica. En el buque se encontraban tres helicópteros “Chinook” HC.Mk.1, el cuarto estaba en vuelo, y nueve helicópteros “Wessex” HU.Mk.5 que serían fundamentales para dar movilidad a las tropas británicas en tierra, también se había perdido el helicóptero “Sea Lynx” HAS.Mk.2 que era llevado como reposición de las bajas de combate. Lo más problemático era la carga que había en sus bodegas, la pérdida de la pista de aviación para los “Harrier” implicaba retrasar su despliegue en tierra, lo que significaba que los portaaviones continuarían siendo su base de operaciones por algunos días más, paralelamente, se habían perdido 4.000 carpas de campaña para las fuerzas de la 3ª Brigada, así como alimentos, municiones, combustible, vehículos y otros equipos muy necesarios.


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